De niña vio a su abuela transformar el cusi en aceite. Años después, Elsa Muro retomó ese conocimiento y comenzó a producir por su cuenta. Hoy junto a su comunidad en San Antonio de Poyori, trabaja y sueña con que la producción de aceite sea apenas el comienzo de una historia generacional.
Mucho antes de pensar en asociaciones, máquinas o nuevos productos, Elsa Muro Choquera ya conocía el aceite de cusi. Lo había visto en las manos de su abuela.
“Yo veía que mi abuela sacaba aceite de cusi. Incluso más antes se utilizaba el aceite para comidas”, recuerda. Creció trabajando en el bosque junto a sus padres, y aunque un tiempo migró a Santa Cruz, regresó a su tierra y retomó aquel conocimiento que había guardado desde la infancia.
Elsa vive en la comunidad de San Antonio de Poyori, en el Área Protegida de Guarichona en Beni. Tiene 38 años y calcula que lleva más de 15 trabajando con el cusi. Al inicio producía el aceite de manera artesanal y prácticamente sola. Primero para el consumo y, poco a poco, se convirtió también en una fuente de ingresos: la gente llegaba hasta la comunidad para comprar el producto y luego le hacía encargos.
Entonces, cuando tenía un pedido, Elsa salía a buscar el fruto y comenzaba un proceso que dependía en gran medida de sus manos. Su esposo solo podía ayudar cuando tenía tiempo entre trabajos y de igual manera sus hijos; pero una de las tareas más exigente quedaba para ella: partir el coco, sacar la semilla y seleccionar cuidadosamente las que servían para el aceite.
Producir en su territorio le enseñó que no todo puede apresurarse y es posible encontrar frutos durante buena parte del tiempo, Elsa nos dice que el coco no debe ser retirado antes de tiempo “sí o sí tiene que cumplir su ciclo de vida”, concluye. Ciertamente si se recoge el fruto demasiado pronto la cala o semilla puede no desarrollarse.
Después de la recolección, comienza otra parte que pocas personas ven cuando reciben un frasco de aceite acabado. Hay que partir el coco, extraer y seleccionar la cala, triturarla y finalmente prensarla. Para Elsa, sacar la cala continúa siendo una de las tareas más difíciles. Requiere fuerza, cuidado y paciencia porque existe el riesgo de lastimarse las manos. Paradójicamente, cuando le preguntan qué parte del trabajo le gusta, responde: toda.
“Las cosas no son fáciles”, reconoce. Pero que algo sea difícil no significa que no pueda gustarle. Para ella, trabajar también tiene que ver con una historia familiar y con una forma de relacionarse con el territorio que aprendió desde pequeña.
Trabajando juntos es mejor

Durante años Elsa produjo de manera individual. Eso comenzó a cambiar cuando se incorporó a la organización de su comunidad y al proceso acompañado por Conservación Amazónica- ACEAA en el marco del proyecto AAF 10. Organizarse significó dejar de pensar únicamente en cuanto podía producir una persona y comenzar a imaginar lo que podían construir entre varias.
“Trabajemos, seamos responsables, apoyémonos”, suele decirles Elsa.
Esa palabra —responsabilidad— aparece una y otra vez cuando habla. Para ella significa cumplir un pedido, llegar cuando corresponde y responder por el trabajo asumido. La organización también tiene sus propios acuerdos para garantizarlo: llevan registros de participación y han establecido mecanismos internos para quienes no cumplen con las jornadas acordadas.
Pero el trabajo no está dividido entre “cosas de mujeres” y “cosas de hombres”. Elsa cuenta que todas y todos participan según las tareas que pueden realizar. Cuando las bolsas de cusi son demasiado pesadas, por ejemplo, los hombres ayudan a cargarlas y trasladarlas en motocar o a caballo.
“Ahí no hay floja ni flojo”, resume Elsa.
Y tampoco todo es solemnidad.
Cuando el cansancio aparece, descansan unos minutos. Conversan, hacen bromas y vuelven al trabajo. Para Elsa, esa alegría también termina formando parte de aquello que producen: detrás de cada frasco hay horas de esfuerzo, pero también una comunidad trabajando, conversando y riendo juntas. “El aceite también viene con esa energía”, concluye.
Hoy el cambio se puede medir en algo muy concreto. Elsa recuerda que antes buena parte del cusi disponible en el territorio era simplemente desperdiciada. Ahora ese fruto tiene una posibilidad distinta.
“Jamás se me pasó por la mente que esto aparezca, que vaya a un proyecto”, cuenta. “Había mucho cusi y se desperdiciaba. Ahora ya no lo vemos así”.
La organización ya cuenta con maquinaria y produce aceite. Pero las personas que conocen su trabajo comenzaron a hacer otra pregunta: ¿qué viene después?
Su respuesta es shampoo, jabón y nuevos productos capaces de agregar valor al cusi dentro y fuera del territorio. Dice que para avanzar hacia esa transformación todavía falta todo un proceso. Las máquinas para producir el aceite ya están; el siguiente paso es crecer más.
Cuando imagina los próximos cinco años, no piensa solamente en producir más. Sueña con una organización más grande, capaz de elaborar más productos, incorporar a más personas y de generar nuevas oportunidades en la comunidad. Para Elsa ese crecimiento tiene rostros: sus hijos.
Su hija estudia enfermería en Trinidad y le ha ofrecido abrir otro pequeño camino para el producto: “Mamita, cuando tenga aceite, mándeme a Trinidad. Yo les voy a ayudar a vender”. Elsa también quiere que su hijo continúe estudiando. Para ella, producir y crecer tiene sentido si ese esfuerzo permite que la siguiente generación tenga más oportunidades. Cuando habla a los jóvenes de las comunidades, su mensaje es parecido: nada llega fácilmente, pero es posible construir algo propio a partir del trabajo y del territorio.
Para que ese futuro exista, ella sabe que también tiene que existir el bosque.
En su comunidad, explica, protegen las zonas donde crece el cusi y evitan quemarlas. El fuego se limita a los espacios destinados a los cultivos del chaco. Cuidar esas áreas no es para ella una idea abstracta: significa proteger aquello de los que depende su trabajo y una fuente de oportunidades.
Quizá por eso su historia puede contarse también como un regreso. Primero estuvo su abuela, transformando artesanalmente el cusi. Después vino Elsa, trabajando durante años por su cuenta. Ahora hay una organización, máquinas, compañeras y compañeros, pedidos que salen de la comunidad y una hija que desde Trinidad pregunta cuando podrá ayudar a vender el siguiente aceite. Y Elsa, está ahí, trabajando. Dice que ama hacerlo, en su chaco y con el cusi.
Después de más de 15 años ya no imagina solamente el próximo frasco de aceite. Imagina una comunidad que pueda transformar más y generar oportunidades para que quienes vienen detrás encuentren razones para quedarse y continuar.
El sueño de Elsa no solo es que el cusi crezca pronto, consiste en que, mientras el bosque siga dando frutos, también puedan crecer con él, con su familia y su comunidad.
Escrito por: Emma Rada, Conservación amazónica-ACEAA

