Cuando el motor de la embarcación se apaga, en medio del río que es camino, la naturaleza parece tomar control del paisaje: el agua vuelve a quedarse quieta, una garza cruza el cielo, el viento mueve las copas de esos inmensos árboles y, por un instante, todo parece respirar sin prisa, Jefferson contempla, sonríe.
Mucho antes de vestir el uniforme de guardaparque, cuando Jefferson Gonzales, era apenas un niño; acompañaba a su padre a pescar por estos ríos. Mientras lo veía navegar, imaginaba que algún día él también conduciría una embarcación por la Amazonía. Nunca pensó que aquel sueño terminaría llevándolo a proteger uno de los territorios mejor conservados de Bolivia.
Hace once años ingresó como guardaparque de la Reserva Nacional de Vida Silvestre Amazónica Manuripi, en Pando. Tenía veinte años y una certeza que aún hoy permanece intacta: el bosque siempre había sido el lugar donde quería estar.
Ser guardaparque no es un trabajo” mira en complicidad, “es una aventura”.
Ciertamente, basta escucharlo unos minutos para entender que no exageraba.
La Reserva Manuripi protege cerca de 747 mil hectáreas de bosques, ríos, lagunas y una extraordinaria diversidad de vida silvestre. Recorrer un territorio de esa magnitud exige navegar durante horas, caminar por senderos, realizar patrullajes, orientar a quienes ingresan al área protegida y responder cuando alguna actividad amenaza la integridad del bosque. Todo ello con un equipo reducido que, día a día, sostiene la protección de uno de los paisajes más valiosos de la Amazonía boliviana.
Sin embargo, cuando se le pregunta qué es lo más difícil de ser guardaparque, Jefferson no menciona las lluvias, los mosquitos, las picadas de serpientes, las largas caminatas ni los conflictos que enfrentan durante la zafra de la castaña. Habla de su familia: de los cumpleaños que no pudo celebrar, las fechas especiales que muchas veces transcurren mientras él permanece en un puesto de control, lejos de casa. “Eso es lo más difícil” reconoce con el nudo en la garganta. Quizá por eso aprendió que conservar un bosque también significa aceptar pequeñas renuncias cotidianas, las que tomamos por seguro.
Cuidar la naturaleza no ocurre únicamente cuando se evita una tala ilegal o se protege una especie, sucede cuando alguien decide permanecer en el territorio, incluso sabiendo que ese compromiso implica perderse momentos irrepetibles con las personas que más quiere. Pero el bosque, siempre encuentra formas de devolver ese tiempo.
Jefferson recuerda a cada uno de los compañeros con quienes compartió patrullajes. Algunos ya se jubilaron, otros siguieron caminos distintos. Sin embargo, cada sendero, cada árbol y cada río guardan alguna historia compartida con ellos. Ahora siente que le corresponde continuar ese legado, acompañando a quienes recién llegan para comprender que el cariño por un área protegida no aparece el primer día. Se cultiva con cada recorrido, cada amanecer en el río y con cada jornada vivida en el monte.
Hoy, el hombre que soñó cuidar el río cursa también el segundo año de ingeniería ambiental. Después de más de una década observando el bosque desde la experiencia, quiso comprenderlo también desde la ciencia. Descubrió que debajo del agua existe un universo de microorganismo invisibles; que plantas como el tarope (Pontederia crassipes) ayudan a purificar naturalmente los cuerpos de agua; y que cada especie cumple un papel indispensable para mantener el equilibrio de la Amazonía. Lo que antes intuía por la práctica, hoy también puede explicarlo desde el conocimiento científico.
Pero quizá la enseñanza más importante no ocurre ni en el monte, ni en la universidad. Ocurre en su casa.
Con orgullo cuenta que sus hijos ya hablan de conservar, de recoger basura que encuentran en el suelo y de cuidar la naturaleza como parte de su vida cotidiana. Son pequeños gestos que nacieron de verlo partir una y otra vez hacia un bosque y regresar siempre convencido de que proteger la Amazonía vale cada esfuerzo.
En ellos Jefferson encuentra una esperanza silenciosa: comprender que la conservación también se hereda, que un bosque protegido no depende únicamente de leyes o patrullajes, sino de personas capaces de transmitir el amor por un territorio.
En el Día Internacional del Guardaparque solemos reconocer el trabajo de quienes recorren senderos, vigilan ríos y protegen la biodiversidad, pero pocas veces pensamos en todo lo que ocurre detrás de ese uniforme: hay sueños de infancia que encontraron su destino, familias que aprenden a compartir el tiempo en distancia, compañeros que dejan enseñanzas para las nuevas generaciones y de personas que después de once años (o más) de recorrer la Amazonía, siguen mirando el río con el mismo asombro del niño que soñó navegarlo.
Gracias Jefferson y gracias a todas y todos los guardaparques que nos enseñan a que cuando uno aprende a amar un bosque, termina dedicando de mil formas la vida a cuidarlo.
Escrito por: Emma Rada- Conservación Amazónica










