La primera parte de este recorrido nos mostró que Pando no es un territorio vacío, sino una casa sostenida por distintas formas de conservación y manejo de los recursos del bosque. Continuamos el viaje hacia habitaciones donde el bosque, los ríos y las comunidades revelan otras maneras de cuidar la Amazonía.
Porque cuanto más se avanza, más claro resulta que aquí conservar no significa detener la vida, sino permitir que continúe.
Las habitaciones más profundas de la casa
La quinta habitación se encuentra en el ANMI Lagos de San Pedro, donde el bosque cambia de ritmo y el agua comienza a marcar el camino.
Entre las familias dedicadas a la pesca, la conservación adquiere otra dimensión. Tatiana Huari, presidenta del comité de pescadores, sabe que el futuro de su comunidad depende tanto del río como de las decisiones que se toman sobre él. «A mí me enorgullece ser mujer y pescadora. Que mujeres y hombres caminemos juntos para nuestra comunidad y aprendamos juntos es un rol que me gusta llevar.» Comenta.
Aquí, la pesca del paiche (Arapaima gigas) no responde únicamente a una oportunidad económica, también es una estrategia de conservación. Al tratarse de una especie introducida con comportamiento depredador sobre peces nativos, su aprovechamiento regulado contribuye al equilibrio del ecosistema fluvial. En el ANMI Lagos de San Pedro, economía y conservación reman en la misma dirección.

La sexta, más que habitación es un escondite, parece un secreto del bosque Amazónico
Llegar al ANMI Bosque Escondido de Ingavi implica navegar los ríos Orthon o Manuripi, avanzar contra corriente y dejar que el tiempo vuelva a tener el ritmo del agua. En un país acostumbrado a medir el desarrollo por la velocidad de sus carreteras, este viaje recuerda que también existen caminos donde la naturaleza marca el paso.
Allí, Sandra Beyuma sonríe cuando recuerda una frase que escuchó demasiadas veces: «Decían que allá no hay gente… cuando somos 200 familias que se sienten felices y seguras de vivir acá.»
En este bosque, el asaí (Euterpe precatoria) representa mucho más que un fruto amazónico. Es una posibilidad de desarrollo que mantiene el bosque en pie y fortalece la economía local. «Queremos nuestra planta de asaí», dice Sandra Beyuma, recolectora y habitante del espacio de conservación. No habla solo de una infraestructura. Habla de la posibilidad de generar oportunidades sin renunciar al territorio que eligieron habitar.
Llegar a la comunidad de Humaythá que se encuentra en el ANMI Bosque Escondido de Ingavi, es aprender a conservar de lo cotidiano, la castaña amazónica (Bertholletia excelsa) continúa siendo el corazón económico de muchas familias. Don Carmelo Mercado, habitante e impulsor del turismo, lo resume con serenidad: «No queremos dañar la naturaleza. Vivir tranquilo es algo hermoso… no queremos dejar sin nada a las nuevas generaciones.» Y le creemos. Cada zafra recuerda que el bosque puede sostener a quienes viven de él siempre que se respeten sus tiempos. Aprovechar sin destruir también es una forma de conservar.

La octava habitación nos lleva al BAMIT Río Negro, uno de los espacios de conservación más jóvenes de Pando. El paisaje parece desafiar cualquier descripción. Ciudades de piedra ocultas entre la vegetación, senderos cubiertos por mariposas, arroyos cristalinos y una biodiversidad que aparece cuando menos se la espera. Aquí no resulta extraño encontrarse con jochis, aves, reptiles o incluso con el sigiloso jaguar (Panthera onca) cruzando los mismos caminos que recorren las comunidades y en los ríos no es nada sorprendente encontrarse con un bufeo (Inia boliviensis).
Lo extraordinario termina convirtiéndose en cotidiano. El BAMIT Río Negro recuerda que la convivencia entre personas y vida silvestre no solo es posible: ha sido una realidad amazónica mucho antes de que el resto del país comenzara a hablar de conservación.

Llegamos a una habitación final, de las muchas en construcción: Bruno Racua, uno de los últimos rincones del norte boliviano con más de 2.000 habitantes y una misma convicción: el bosque también puede ser futuro.
Allí, la primera promoción de bachilleres estuvo conformada por apenas cuatro estudiantes. Hoy, esos jóvenes siguen trabajando por su comunidad. Este año, una estudiante ganó el concurso para diseñar el logotipo oficial del área protegida municipal de Río Negro, demostrando que las nuevas generaciones también están dibujando el futuro de su territorio.
Doña María Orihuela, que ha vivido toda su vida en el centro urbano Tres Hermanos recuerda que antes la llegada de visitantes generaba tanta timidez que muchos apenas podían hablar. Hoy, en cambio, habla con orgullo. «La palma real, la castaña y el asaí son el futuro. Somos guardianes de esta Amazonía. Es el último rincón vivo de Bolivia. Cuidarlo es como cuidar a nuestros hijos.» Sus palabras, su cariño y su espíritu que se hace eterno con el bosque resumen el espíritu de todo el recorrido.
El hogar sigue abierto
Es difícil contener en dos notas la inmensidad de Pando.
Cada espacio recorrido confirmó que la conservación no ocurre lejos de las personas, sino gracias a ellas. En cada comunidad encontramos una manera distinta de cuidar el bosque, producir sin destruir y entender que el desarrollo también puede construirse desde la naturaleza.
Este viaje apenas abrió la puerta. A partir de las próximas semanas, Conservación Amazónica compartirá una serie de historias, crónicas y piezas audiovisuales que recorrerán, con mayor profundidad, cada una de estas habitaciones y las voces que las habitan.
Escrito por: Emma Rada- Conservación Amazónica ACEAA










